viernes, 22 de marzo de 2013
Ahora
Ahora, lo que me parece impúdico es que mis amigos sepan que estoy endeudado hasta el escorbuto y que por tal motivo, ellos se sientan comprometidos a pagarme los tragos cuando salimos de noche de varones. En el fondo, todos saben que si debo la vida es por irresponsable, por que aún estoy pagando el viaje de hace dos años a un rincón nudista del sur de Francia y el gusto burgués de pasar el año nuevo en Nueva York. La verdad es que gasto mucho más de lo que gano, pero también creo que, a escondidas, en el fondo de sus cuartos, mis amigos pagan mis cuentas de paupérrimo profesor porque les encantaría estar dispuestos a vivir como lo hago yo, y de alguna manera, por no hacerlo, se rinden ante la necesidad de pagar un impuesto extra con tal de saber que alguien es tan insensato como para empeñar toda su paga de varios años en una odisea de fornicio y aún así, logrará sobrevivir a su autoinflingido desastre enconómico.
miércoles, 20 de marzo de 2013
Pudor
De adulto perdí lo que de niño tenía. En los vestidores del deportivo los señores se paseaban desnudos con criminal soltura sin importarles un bledo el espectáculo triste de su decadencia. Mi cuerpo de niño no tenía de qué avergonzarse y aún no entraba en la edad en la que el evidente tamaño de mi pueril miembrecillo pudiera convertirse en un tema. Así que no entiendo por qué me incomodaba tanto mostrarme sin ropa. Me parecía incorrecto, y en tal contexto, me sigue pareciendo.
En casas de mis amigos, nunca dejé éstos me vieran desnudo. Si me quedaba a dormir, cuidaba de cambiarme en el baño y con la puerta bien cerrada y siempre rehuí de la costumbre que tienen las mamás, por ahorrar tiempo, de meter a la regadera al hijo y al amigüito en un solo viaje. Era católico, sí. Pero mi pleito con el cuerpo no tenía sustento religioso, tal vez, ni siquiera moral. Mis padres, ambos, eran moderadamente desvergonzados. No recuerdo frase alguna que me detonara culpa o cosa parecida, y sin embargo detestaba que ojos distintos a los míos ocuparan el mismo territorio que mis genitales o que, mis aún armónicas nalgas.
Cuando estaba sólo era otra cosa, mi desnudés era un mundo disfrutable siempre y cuando ningún otro hombre intentara, al amparo de la licenciamde masculinidad, irrumpier en la habitación. Comencé a masturbarme, como casi todos los varones, mucho antes de entender por qué lo hacía y antes de poder eyacular, lo que trajo por ventaja noches enteras de orgasmos en serie que harían avergonzarse a uno de esos hindús tántricos. Al poco tiempo conocí la palabra que daba nombre a mis secretos placeres, masturbación. Y la palabra me sonaba tan obscena que, en si misma, ya encontraba deliciosa.
Me masturbé incontables veces y sin culpa ni verguenza alguna, buscando entre sesión y sesión una buena excusa para repetir como sortilegio la palabra que era arquetipo de la acción. Cuando mis amigos hablaban del tema, lo callaba todo. Dirá entonces el lector, que tenga complejo de funámbulo del diván, que en realidad sí había culpa y verguenza, pero yo, que sé perfectamente cómo me sentía, puedo negarlo tajantemente. No había pena alguna, adoraba masturbarme, y lo mismo adoraba la clandestinidad de la acción como lo procaz de la palabra. Por eso nunca confesé que lo hacía y nunca usé ningún eufemismo para definirlo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)